jueves, 14 de mayo de 2009

LA BODA

Quiero contar una historia que sucedió en solo veinticuatro horas. Un día caluroso de mil novecientos ochenta y dos. La boda de Esteban.
La hora cero de esas veinticuatro empieza en una camioneta lujosa en la que viajamos Esteban y yo. Volvemos muy rápido desde las tierras del abuelo en Guaireño, por las maltrechas rutas paraguayas. Llevamos un día completo de retraso. En Asunción nos espera su primo rico, Elvio, dueño de la camioneta y del lavautos más famoso, y Dana, la novia de Esteban, una pendeja muy pastillera, muy quilombera.
Yo soy solo amigo de Esteban.
Venimos de la frontera con Brasil, con dos kilos de marihuana mal disimulado en el piso de la camioneta. No es para vender a cualquiera sino para repartir entre amigos y conocidos a precio de lista. Los dueños de la marihuana son unos tíos de Esteban, mafiosos bien baratos, que enterraron doscientos kilos en la chacra del abuelo sin que este sepa nada. Por lo que el abuelo es visitado seguido y hay que estar disimulando todo el tiempo. Hoy los tres están muertos. El viejo por viejo y los otros porque fueron boleteados en plena calle de Ponta Porá, unos años después de esto que cuento, cuando Stroessner era Paraguay.
Llegamos a Asunción a eso de las dos de la mañana. Elvio, lo carajeó un poco a Esteban, pero no pasó nada y al rato nos fuimos a comer algo al Mercado Cuatro. Estábamos hambrientos por el viaje y la maría. Nos sentamos en una mesa larga llena de borrachos y comimos una especie de guiso acuoso, muy rico.
Después, a las cuatro nos fuimos con Esteban a su casa. Ahí nos recibió Dana que armó flor de escándalo. Lo empezó a putear, y de las puteadas pasó a romper cosas tirándoselas por la cabeza a Esteban y de paso a mí. Esteban se reía y le decía mi amor, yo te amo, sos todo para mí, y un montón de cosas más. Dana no paraba, hasta que Esteban se empezó a calentar y pasó de los mi amor, a lo no me hables, callate, porque me salen granos, estúpida, y que sos una pelotuda y no se que mas.
A todo esto yo ya me había ido a la cama. Tenía un colchón finito, pegué las últimas secas y traté de dejar volar mis pensamientos a través de la ventana abierta al cielo paraguayo. Pero mis intenciones se frustraron.
Ahora podía oír a Dana llorando y a Esteban totalmente sacado diciéndole de todo. Daba miedo. Si alguien vio una vez a un paraguayo enojado sabrá de lo que hablo.
Sobre la marcha, cambió a un tono amoroso otra vez, para calmar el llanto de Dana. Bueno mi reina, le decía. A todo esto ya eran más de las cuatro de la mañana. En eso escucho a Esteban decir ¿queres que nos casemos? Nos casamos hoy mismo. Y ella si si Me dormí oyendo como garchaban.
Vamos vamos, me despertó Esteban. Miré por la ventana y recién había salido el sol.
Nos vamos a casar, dijo Dana, vestida con sus mejores pilchas. Estas hermosa, pensé.
Salimos los tres en la camioneta y fuimos a buscar a toda la parentela para ir al Registro Civil. Vivían tipo comunidad en una casa a la que le llamaban Chicago. Nadie trabajaba. Juntamos a su hermana Beatriz que estaba muy buena, a sus tías, tíos, primitos, sobrinitos, la abuela ciega, la madre loca, y también algún vecino amigo y todos a la camioneta.
Pasamos por lo de algunos amigos que se fueron sumando y llegamos al registro Civil de Asunción.


Esteban pidió que lo esperáramos afuera, mientras el hacia los preparativos del casamiento. En un segundo, del fondo de la camioneta aparecieron los whiskis y fuimos pasando uno por uno para pegarnos unos buenos saques, no fuera cosa que nos quedáramos dormidos. Dana también hizo su desayuno.
El sol hacia rato nos calentaba.
-Y tus viejos no vienen? - le pregunté. Viven en Caacupe, me dijo, lejos de acá.
Yo sabia de Caacupe por la Virgen. Me entere de su existencia cruzando la frontera unos meses atrás, cuando un chico de siete años me contó que La Virgen había salvado de la muerte a su hermanita. Todavía recuerdo a ese chico despierto, que besaba a sus santitos y hablaba con respeto de la muerte, de la salvación y de La Virgen.
Dana me pidió un chicle y se empezó a impacientar justo cuando apareció Esteban haciéndonos señas para que entremos. Le pidió el saco prestado a uno de los primos, porque de camisa no me casan, dijo y ahí pensé en el rigor de las instituciones paraguayas.
Fuimos pasando a una sala que enseguida estuvo llena ya que durante la espera la noticia del casamiento se fue corriendo por los barrios, dada la popularidad de Esteban, y fueron cayendo cada vez mas personas no del todo cuerdas. Pero allí estaban, portándose bien, dándole el si al ritual, obedientes al fin.
El juez de paz pregunto por los testigos, todos nos miramos y Esteban agarró a los cuatro más cercanos. Se sentó, tomo un libro, y comenzó la larga perorata que todos conocemos, pero el tipo era bastante histriónico y fue haciendo que nos entusiasmáramos con el significado de la cosa, un poco influidos por la familia de Esteban, especialmente por la mamá que lloraba.
Una vez que terminó su alocución, el juez pidió a los novios sus documentos. Leyó en voz alta, Esteban Mario Queiro Rojas, paraguayo, de veintiún años y luego Dana Eva Alarcón, paraguaya de dieciséis años.
Donde están los padres de esta criatura?, preguntó el juez, casi indignado o al menos así nos hizo creer. Todos nos miramos y enseguida empezó el alboroto.
Esteban nos juntó a todos los rotos y dijo vamos ya a buscar a tus viejos, maneja vos curupí, me dijo a mi. La dejamos a Zaira, una tía de Esteban , entreteniendo al juez para que no se vaya. Todavía estábamos en los preparativos de la salida y el juez ya era un nene con juguete.
Nos subimos todos a la camioneta, y a los pedos y en caravana, salimos hacia Caacupé a buscar a los padres de Dana.
El circo era completo y nos fuimos cargando lo necesario para llegar a tiempo. Los ojos rojos, la sonrisa puesta. Ochenta quilómetros al este. El viaje sirvió para que yo y sobretodo Esteban nos enteráramos de algunos hechos recientes
Dana hacía dos años que no veía a sus viejos. Se había ido de Caacupé por aburrimiento a lo de un tío veinte años mayor que ella para ayudarlo en el almacén que tenia en Asunción. El tío hizo una particular interpretación del lema pan, paz, trabajo. Le dio pan y trabajo, pero nada de paz. Porque la enamoró y cuando la mujer del tío se enteró de todo, Dana se tuvo que ir a la calle. Nunca pensó en volver a Caacupé. Conoció a unos punks bastante inocentes e idealistas y se fue a vivir con ellos. Robaban de todo, pero primero farmacias para las pastas, que eran para vivir, y después para el choreo, depende con que la combinaran.
Hasta que un día quiso el destino que fueran a desbaratar el lavautos de Elvio. Ahí se conocieron con Esteban , que le dio una patada en la panza que la dejó en el piso por una hora. A los otros punkies los corrieron a tiros y nunca más nadie los vio por Asunción.

En cuanto a los padres, no los había vuelto a ver desde que se había ido. Me dijo que cada tanto llamaba a la mamá , que tenía un nuevo hermano, al que todavía no conocía. Su padre no queria hablarle.
Esteban escupió por la ventanilla, el viento le daba en la cara y Dana me preguntó si yo tenía mamá. No supe que decirle y me quedé callado por un rato, y me dije que estaba cansado. Hice que no la escuché.
Ella me codeó y me dijo fuerte otra vez si tenía mamá. Claro, dije. No tenía ninguna gana de explicar nada. Yo era asi.
La entrada a Caacupé fue historica, al menos desde nuestro punto de vista. Era ya el mediodía y tras una gran polvareda roja entramos como diez autos y camionetas de grandes marcas alemanas a la capital espiritual del Paraguay. La gente que andaba por la calle o en algunos bares nos miraban como te miran los animales del zoológico. Era una escena que, salvo por los autos, ya habia visto de chico en las peliculas de Ringo en continuado en el cine Achával de Morón. Ahora la estaba viviendo, eramos los forasteros, Esteban era Ringo y nosotros los extras.
Siempre igual, dijo Dana, todo siempre igual. Esteban le preguntó donde era la casa y tuvimos que salir un poco del camino principal. Podría decirse que la casa estaba en los suburbios de Caacupé.
Al fin llegamos.
Gallinas sueltas, sin alambrado, ropa tendida en el jardín, a un costado de la casa, Una casita cuadrada y blanca. Nada extraordinario para decir. Salvo que al lado había un enorme descampado donde unos caballos merodeaban sin dueño y a la sombra de un cartel enorme que decía en letras cursivas EDUCACION PARA TODOS LOS PARAGUAYOS COMPROMISO DEL PARTIDO COLORADO y mas abajo Subdelegacion Caacupé.

Bajaron Dana, Esteban, la mamá de Esteban y, como correspondía, los padrinos a cumplir la difícil misión.
Todavía hoy pienso en lo que pagaría por tener la versión real de los hechos y palabras que sucedieron dentro de la casa, pero, a los diez minutos, y juro que no miento, como si se tratara de una película muda, vi salir a Doña Mamá De Dana, a Don Papá, al pequeño heredero y al mediano heredero hermano de Dana, todos vestidos para la ocasión.
Nos reubicamos en los coches y yo pasé a la caja de la camioneta. La vuelta fue aún mas rápida que la ida. El cielo seguía celeste, ninguna nube que me diera algo en que pensar, la tierra colorada, nadie en los caminos, el sol en nuestras cabezas. Dentro de la camioneta todos reían, y el pequeño bebé, que no se como había terminado en la caja, pasaba de mano en mano, todos haciendole niñerías. El pobre no lloraba, se reía cada vez mas, como todos. Me detuve un poco en los personajes que iban en la cabina, al mando de la comitiva. Esteban , y los dos futuros suegros enfrentando el camino por delante. Esteban les hablaba y les hablaba y ellos cada tanto hacian una mueca . Pude ver que el padre tenía los ojos chiquitos. La madre miraba fijo en el camino.
A las tres de la tarde llegamos al Regisro Civil. Un secretario salió a decirnos que El sr. Juez se encontraba comiendo a pocas cuadras de alli y que había pedido que lo llamaran a nuestra llegada. Asi fue que salió raudo en una bicicleta en su búsqueda. Igual entramos todos al mismo lugar de antes y nos acomodamos como si fuera nuestra casa. Poco después entró el Juez con la tía Zeida, ya casi parte de la familia.
Pidió los documentos de todos otra vez y los padres de Dana sacaron de una bolsita los viejos papeles que los identificaban para dárselos al juez. El juez les comunicó que necesitaban una nota firmada por ellos autorizando el casamiento. El padre dijo en guaraní que el no sabia escribir , que para eso estaba allí, para autorizar en persona. Entonces el Juez se dijo a si mismo que podía hacer una excepción. Les tomó juramento a los padres y una vez hecho esto, se metió de lleno en la legalidad y casó a Dana y a Esteban.
Otra vez algunos llantos, las consuegras que solo hacía dos horas se conocian lloraban y se abrazaban como en un sueño largo.
Despues vino la fiesta en California, que duró hasta el otro día. No faltó nadie Nos emborrachamos todos aún tomando mucha cocaina pura y festiva que generosamente donaron los tios Alor y Jorge.
Ese fue el día en donde comencé a enamorarme de Beatriz , la hermana de Esteban, y tambien fue el primer día en el que me dí cuenta que yo tambien tenía una nueva familia.
Fue el primer día que empecé a enamorarme de mi vida.
Todo en veinticuatro horas.

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